sábado, 3 de febrero de 2018

Lo que sucedía entre libro y libro no era para Lola menos vida que para cualquiera, mas lo que acontecía fuera de las interrupciones era más. Así le parecía, y en ocasiones no podía concentrarse en lo sucedente, tanta era su expectancia por una página latente. Como fuera que fuese la distancia entre su vida real y su vida paginada, siempre era mejor el peor libro que el mejor acontecimiento. Aun si este fuera de amor. Salvando un caso solo, que para eso están las excepciones: el caso en que ambas vidas fueron la misma cosa y estaban acontecidas por el amor, o algo parecido. 
Kov estaba comiendo pan con chocolate en ocasión de una penuria invernal y votando a mil demonios por una furia. No obstante, no le fue indiferente la mujer pequeña que pasó a su lado y de la cual la ropa dejaba ver los ojos grandes; tanto fue así que, por causa de un tropiezo, intercambiaron blandas maldiciones y se odiaron durante treinta segundos. La mujer pequeña continuó y Kov olvidó el incidente con rapidez.
La mujer pequeña cumplió con la misión que se había encomendado: dejó la carta, sin finalidad, bajo la puerta. Creía que era importante el hecho mágico de la entrega personal y esperaba que algo de su mano y de su caminar quedara impregnado en las letras, a las que consideraba pobres pero esmeradas. En el camino se arrepintió varias veces por haber pensado tanto el texto hasta casi vaciarlo, pero consideró que las cosas eran como eran y no de otro modo.


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