Desolados, dieron testa contra testa por segunda vez en la vida a mitad
de cuadra. Cayeron las flores y Kov le juntó el libro con mecánica amabilidad.
Al libro le faltaba la tapa y se veía, como si no lo fuera ya suficiente,
anónimo e irreconocible, y como tal se lo devolvió y siguieron su camino sin
mascullar. Kov pensó que qué bonitos ojos; Lola le señaló las flores pero él
hizo un gesto desdeñoso y quedaron tiradas. Las flores, suponemos que rosas,
eran a la vez que de blanco marfil, de rojo apasionado. Lola las juntó, como si
pudieran ser suyas,
Para corroborar el derrumbe, Kov le escribió la última, delirante –según su entender– breve carta:
“Entiendo.
Entiendo que entendí mal y que me tomé indebidas y alocadas atribuciones imponiéndole sentidos favorables a tu silencio, que no era más que eso. No me juzgo por haber interpretado tu escapismo como recipiente de mis deseos más amorosos, no. No por eso, sino por (…)”, Lola quiso no contestar.
Para corroborar el derrumbe, Kov le escribió la última, delirante –según su entender– breve carta:
“Entiendo.
Entiendo que entendí mal y que me tomé indebidas y alocadas atribuciones imponiéndole sentidos favorables a tu silencio, que no era más que eso. No me juzgo por haber interpretado tu escapismo como recipiente de mis deseos más amorosos, no. No por eso, sino por (…)”, Lola quiso no contestar.
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