Kov escribía como un nabo, aunque se esforzaba. Romántico él, ponía por
excusa de su anestesia literaria a la mala fortuna. Periódicamente salía a
buscar aventuras y periódicamente volvía maltrecho por la espontánea grisalla
que le ofrecían las biografías. Intentaba de vez en cuando agitar los aceites
del lago de su existencia, con magros resultados: un moretón, una mujer con
odio, una pequeña estafa, mínimas contravenciones que ni siquiera eran
asentadas, desafíos a una autoridad que pasaban inadvertidos; nadie moría de
amor ni renacía de ceniza alguna. Un largo y soso expediente que no cumplía
otra función que la de amarillear papeles. Si acaso, porque, nacido que fue Kov
en épocas de transición informática, el papel fue quedando en desuso y sus
desventuras no merecieron fojas sino virtuales.
“Algo estoy haciendo mal…”, se decía a sí mismo, reflexivo; “Todo”, le respondía una vocecita díscola.
Con el tiempo dejó de volver, maltrecho o no, pues no tenía adónde, ni de dónde irse.
En el mero andar que fue su deambular conoció que las crueldades infinitas de lo que los demás dieron el llamar El Poder nacían desde el pie, y no le pasó inadvertida la astucia de mentar a aquel como una abstracción ajena a toda responsabilidad personal. Esto lo entristeció durante un tiempo, tanto por la crueldad cuanto por la mezquindad.
“Algo estoy haciendo mal…”, se decía a sí mismo, reflexivo; “Todo”, le respondía una vocecita díscola.
Con el tiempo dejó de volver, maltrecho o no, pues no tenía adónde, ni de dónde irse.
En el mero andar que fue su deambular conoció que las crueldades infinitas de lo que los demás dieron el llamar El Poder nacían desde el pie, y no le pasó inadvertida la astucia de mentar a aquel como una abstracción ajena a toda responsabilidad personal. Esto lo entristeció durante un tiempo, tanto por la crueldad cuanto por la mezquindad.
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