sábado, 3 de febrero de 2018

Ambos dialogaron durante casi un par de años. El amor fue creciendo entre los dos de modo extraño; se empezaron a tratar con más confianza primero, con decidida pasión después, con tremendo amor hasta el final. 
Kov, según el ver de Lola, desoyó todas las invitaciones al encuentro. Lola pensó que quizás aquel tuviese alguna deformidad que lo avergonzase, que fuera pobre o estuviese comprometido; en cualquiera de los casos, lo consoló y le prometió paciencia y amor eterno.
Lola tenía su vida y Kov la suya, independientemente de la fantástica que cultivaban; por imaginario mutuo acuerdo y siendo forzosamente liberales ambos, no se hablaba de la íntima colección de rompecabezas con la que pasaban el tiempo haciendo y deshaciendo corazones.
Cuando Kov la invitó a que comparecieran ambos en un encuentro, Lola no supo qué hacer. Al fin de cuentas no sabía de qué ni de quién estaba enamorada, por mucha agua epistolar que hubiese corrido bajo el puente. Menos aún sabía Kov, quien no había sino hablado consigo mismo durante decenas de meses y por lo cual su apuesta, fundamentada en delirios, sea cual fuese el resultado, confirmaría su estado de locura. No sabía si seguiría contestándose a sí mismo luego. Kov la imaginaba pequeña y de ojos morenos.
Lola aceptó, a condición de que el encuentro fuese no en el bar de Salguero sino en la plaza Hipótesis, y así se lo hizo saber. No hubo razón cierta para el cambio de planes; quiso Lola ver en esa actitud que no se supo explicar un resto de orgullo.
Puntuales estuvieron el viernes de verano, cada uno en su cita; ella en el banco de la plaza, él solitario detrás del vidrio. Él llevó flores; ella un libro que se llamaba El libro nunca leído escrito por nadie. Nadie asistió a la cita aunque ambos asistieron y cayendo el sol se retiraron cabizbajos.

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